Azken egunotan asko hitz egin dute Kepa del Hoyo presoaren heriotzaren ondorioz, eta analisi zorrotzak izan dira nagusi. Hori dela eta, gogora etorri zaizu orain dela 20 urte Arrigorriagan bizi nintzeneko antzeko gertaera latz bat, Juan Carlos Hernando presoaren heriotzarena. Garai hartan ikasi nuen errukia dela gakoa, bai familiaren sufrimendua errespetatzeko orduan, bai Euskadin bizi izan duguna gizatasunez aztertzeko ere bai.
Estos
días ha sido noticia la muerte del preso de ETA Kepa del Hoyo en la
cárcel de Badajoz, a causa de un paro cardiaco. Este lamentable hecho ha
dado lugar a un aluvión de análisis y reflexiones acerca del daño
causado, el perdón, el arrepentimiento, la política penitenciaria y
otros muchos flecos que aún deshilachan la memoria y la convivencia
pacífica en Euskadi.
Imagen del homenaje a Kepa del Hoyo publicada en la página web "naiz.info"
A título personal este suceso me ha
retrotraido al horrendo mes de julio de 1997, hace ahora 20 años. Yo era
entonces un simple militante pacifista en mi pueblo de Arrigorriaga, y
organizaba con otros amigos las concentraciones de Gesto por la Paz. Se
acercaban las fiestas del pueblo -Madalenas- y apenas 10 días antes ETA
había asesinado a Miguel Angel Blanco. El ambiente en el pueblo era
tenso. Mucha gente había dejado de comprar en los comercios regentados
por la gente de la izquierda abertzale, algo insólito hasta entonces. La
propia concentración de Gesto por la muerte de Miguel Angel tuvo un
ambiente bastante cargado, con gente muy indignada por todo lo sucedido.
Y entonces ocurrió. El 21 de julio, la víspera de la festividad de la
patrona del pueblo, Juan Carlos Hernando "Peli", un vecino encarcelado
por colaboración con ETA y alejado en la cárcel de Albacete, apareció
ahorcado en su celda. En Arrigorriaga el desgraciado suceso cayó un
mazazo, pero para quienes estábamos en el grupo de Gesto por la Paz la
sacudida fue aún mayor. Teníamos que decidir si convocar o no una
concentración de repulsa, valorar si aquella muerte era consecuencia o
no de la violencia política que acontecía en Euskadi.

Tratando de mantener la cabeza fría, y con la inestimable ayuda de la gente de Gesto, pronto tuvimos claro que sí había que convocar
esa concentración, y que había que hacerlo en plenas fiestas, con todo
lo que ello implicaba de tensión adicional. Alguna gente cercana se
opuso a esa decisión. Tras lo de Miguel Angel Blanco, hubo incluso quien
dijo que se lo merecían. Pero aún así seguimos adelante, e incluso
decidimos acudir al recibimiento del cadáver programado para el día
siguiente.
Comunicado que difundimos en el pueblo en aquellos días
Aquel día 23 de julio hacía mucho calor en la plaza del pueblo. Según la prensa, más de 3.000 personas se agolpaban allí (https://elpais.com/…/1997/07/23/espana/869608805_850215.html).
Las cuatro integrantes del Gesto -Karmele, Raquel, Amaia y yo mismo-
nos pusimos en una esquina, procurando pasar desapercibidas. No recuerdo
nada del homenaje, pero sí la tensión que se respiraba. Cuando terminó
el acto, traté de avanzar hacia la tribuna. Yo era el designado para
mostrar nuestras condolencias a la familia. Cuando por fin conseguí
llegar hasta donde estaban, de repente me asaltó Tasio Erkizia, que
entonces oficiaba de jefe de ceremonias de quienes capitalizan el dolor
ajeno para sus propios objetivos, como hoy hacen Arnaldo Otegi o Arkaitz
Rodríguez. El buen hombre me dijo en voz alta "Aupa mutil, segi
aurrera!", mientras me daba unas palmadas en la espalda.
Ese
malentendido, que sin duda provocó airadas miradas de más de uno, y que
hubiera sido objeto de chanzas en otro escenario menos dramático, sin
embargo pasó desapercibido para mí. En ese momento yo ya sólo tenía ojos
para el hermano de Juan Carlos, para el intenso dolor que desprendía su
mirada perdida, el mismo que 10 días antes había visto también en el
rostro de Marimar Blanco. Y en su presencia me invadió un profundo
sentimiento de COMPASIÓN, no sólo por ese chico y por su familia, sino
también -por qué negarlo- por el propio Juan Carlos, por su pérdida
inútil y evitable.

El verano de 1997 pasó, y con él aquellos
tristes acontecimientos, espero que para siempre jamás. Pero desde
entonces, cada vez que informan de muertes sucedidas como consecuencia
-directa o indirecta- de la violencia de origen político, bien sea en
Euskadi o en otros lugares de nuestro doliente planeta, antes de
analizar el motivo del suceso y de buscar a toda prisa víctimas y
culpables, desactivo por un instante a mi pensador crítico para dejar
que en mi interior resuene esa COMPASIÓN que sentí aquel día. No sé si
eso hace que mi análisis sea más realista o certero, pero sí estoy
seguro de que lo hace más humano.
Ciertamente, si cada análisis
político que se hace sobre la dispersión llevara aparejada su dosis de
COMPASIÓN por el sufrimiento de todas esas familias obligadas a
desplazarse cientos de kilómetros para ver a sus seres queridos, este
país estaría hoy mucho más cerca de una convivencia estable y en paz. Y,
sin duda alguna, si quienes reclaman la empatía de la sociedad para con
la situación de las personas presas, hubieran sentido esa misma
COMPASIÓN por las víctimas de la violencia de ETA, a buen seguro todo
este drama hubiera terminado mucho antes. Quizás ni siquiera hubiera
sucedido. Quizás incluso Juan Carlos y Kepa estarían todavía aquí.
En aquellos días de 1997 nadie hablaba todavía de reconocer el daño
causado, y mucho menos de compasión. Seguramente es un concepto muy poco
político. Pero ese día 23, cuando volví a casa después de una vivencia
tan intensa para mis 28 años de entonces, creo que me derrumbé. Y fue en
ese momento cuando mi padre, un hombre sensato que siempre prefería
pasar de puntillas por el tema de la violencia y sus aledaños, se acercó
y me dijo: "Habéis hecho lo que teníais que hacer". Y nunca más he
tenido dudas de que así fue. Él no me lo dijo, pero creo que también
hablaba desde la compasión.